La mirada estaba fija en el espejo que había frente a ella y sólo veía el reflejo de una chica a la que no era capaz de reconocer. El cabello oscuro y largo lucía suelto hacia un lado, como a ella le gustaba; la nariz chata y los pómulos bien marcados eran inconfundibles; la silueta se mostraba tan quieta como ella, sólo alterada por el ritmo lento de su respiración. Aún así estaba segura: esa no era ella. Al llegar a los ojos vio que los que un día habían sido verdes, dulces y angelicales estaban manchados por algo oscuro, una sombra que se extendía desde su corazón a cada parte de su cuerpo, dejándose ver sólo en ellos. Las puertas del alma, le habían dicho alguna vez. Alma atormentada cubierta de cenizas, alma que reflejaba el sufrimiento vivido, alma rencorosa con ansia de revancha. Y es que lo único peor que el odio es el deseo de venganza. Sentimiento que corrompe y mancha el alma, ahora de un negro permanente, ya no tiene vuelta atrás. Volvió a centrarse en sus ojos y despegó los labios, que hasta ese momento sólo habían sido una fina línea tensa en su cara, para esbozar una sonrisa fría y amenazadora. El juego había comenzado y estaba decidida a ganarlo, porque como dijo Walter Scott: “La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno”.
LUNA
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